¿En el borde o fuera del Escudo?
Una obligada mirada estrategica

Juan Carlos Liendo O’Connor
Ex Director Nacional de Inteligencia (DINI)Director de la Revista XAUXA
La incorporación del Perú al Escudo de las Américas, en el contexto de la llegada a Lima del Secretario de Estado de los EEUU Marco Rubio, debe entenderse como una necesidad y una oportunidad estratégicas de máxima prioridad, incluso más allá de cualquier mecanismo previo o de los convenios actualmente en desarrollo, y mucho más trascendente que un nuevo mecanismo de cooperación en la lucha contra el crimen organizado trasnacional. La dimensión del llamado “Escudo de las Américas” evoca, quizá, una agenda de seguridad semejante a la que, en su momento, representó la denominada “Guerra contra el Terrorismo Internacional” después del ataque a las Torres Gemelas en 2001.
En un escenario hemisférico sometido a profundas transformaciones, permanecer fuera de esta iniciativa significaría aislarnos de una arquitectura de seguridad que Estados Unidos está construyendo aceleradamente alrededor de sus intereses regionales frente a sus desafíos geopolíticos globales. Al mismo tiempo, sería un grave error asumir que Washington observa a todos sus socios bajo una misma lógica o que la seguridad local quedará a cargo de Estados Unidos.

Mapa de la Gran Estrategia de los EEUU para un Mundo Multipolar. Fuente: Fundación Friedrich-Ebert-Stiftung https://asia.fes.de/news/map-us-grand-strategy.html
Así, Colombia, por su ubicación geográfica, el narcotráfico, la presencia de grupos armados y su proximidad al Caribe y Venezuela, posee una importancia operacional singular, que se complementa con acciones de inversión financiera y compromisos comerciales. En Ecuador, además de la dinámica operacional militar en curso y de la presencia efectiva de fuerzas militares y policiales de Estados Unidos en su territorio, Washington considera inversiones en infraestructura y la instalación de nodos de tecnología digital que complementan sus objetivos. El Perú, en cambio, queda en el borde más lejano o fuera de ese perímetro inmediato, y su valoración estratégica responde a otros factores.

Allí aparece un segundo elemento que debemos observar cuidadosamente: en el discurso estadounidense hacia el Perú destacan el acceso a los minerales críticos y su control, las inversiones estratégicas (puerto de Chancay e infraestructura energética, estratégica y digital) y la creciente influencia china sobre los gobiernos peruanos mediante negocios oscuros y corruptos. El propio Marco Rubio ha relacionado la nueva etapa bilateral con el acuerdo sobre minerales críticos y ha cuestionado directamente, y con mucha razón, la presencia de proyectos vinculados a China. En esa perspectiva, y para el Perú, la competencia geopolítica y económica extra hemisférica ocupa un lugar central, mientras que la lucha contra el crimen transnacional organizado, aunque importante, aparece detrás de esos intereses estructurales.
En esa línea, un tercer factor que merece atención prioritaria se refiere al inevitable “efecto globo”: el desplazamiento de liderazgos y estructuras criminales desde el espacio de “La Gran América del Norte” hacia territorio peruano, como resultado del esfuerzo prioritario, realista y efectivo, de lucha frontal de Estados Unidos y de sus aliados internos contra el crimen organizado transnacional en esa región. Este esfuerzo contrasta con la debilidad del Estado peruano como socio estratégico y con la prioridad secundaria que, para el Perú, el Escudo de las Américas asigna a la lucha contra el crimen frente a una agenda de contención geopolítica.
Precisamente por ello, el Perú necesita ingresar al Escudo, pero debe hacerlo comprendiendo qué quiere Estados Unidos y, sobre todo, definiendo qué quiere el Perú, qué puede obtener y qué implicancias se proyectarían sobre el país.

Nuestro país presenta debilidad institucional, corrupción, deterioro del Estado de derecho, fragmentación política y una preocupante ausencia de estrategia y resultados frente a un crimen organizado trasnacional cuya presencia crece día a día como un poder fáctico que desafía la Estado. No hemos logrado recuperar territorios, reducir significativamente las economías ilícitas ni construir una arquitectura moderna de inteligencia y seguridad. En consecuencia, el mayor riesgo no está en formar parte del Escudo de las Américas —lo cual es prioritario e inevitable—, sino en comprometernos sin estar preparados para cumplir y, al mismo tiempo, sufrir los embates de un desplazamiento del crimen sin contar con una capacidad real de respuesta.
El mejor escenario consiste en desarrollar al máximo nuestras capacidades para cumplir los acuerdos y ser funcionales a una estrategia hemisférica que nos ubica en “el borde del Escudo”. El peor escenario consiste en aceptar mayores compromisos internacionales sin fortalecer previamente nuestras capacidades y asumir obligaciones estratégicas que el Estado peruano no esté en capacidad de ejecutar, lo que nos ubicaría fuera del Escudo.
El Escudo de las Américas puede convertirse en una importante oportunidad, pero, para aprovecharlo en función de los intereses nacionales, necesitamos algo que ningún aliado podrá proporcionarnos desde fuera: un Estado capaz, una estrategia nacional y voluntad política para ejecutarla. Solo así podremos permanecer al borde del Escudo y no fuera de él.
